CASTELLANO

Roberto Fonseca es de esas personas a las que se puede adivinar por qué la vida le dio a luz en un momento determinado, en un lugar determinado, en una familia determinada, incluso en tal disposición física, hasta los detalles epidérmicos de sus dedos. Pero el misterio no queda libre de él, porque si lo innato sigue siendo determinante en su carrera, la digitación del pianista no depende solo de la forma de la mano, y del genio de quienes le han ayudado a darle forma. Hay seres que tienen ese no-sé-qué, cuyo origen no puede rastrearse por una sola razón. Pianista, intérprete, multi-instrumentista, productor, compositor, director, Fonseca nació en 1975, en el núcleo de una familia de artistas en La Habana.

Desde el inicio de su vida, ya en el vientre de su progenitora, su relación con el mundo está forjado por el ritmo, la armonía del sonido y las vibraciones del canto. Su madre, Mercedes Cortes Alfaro, era bailarina del legendario Cabaret Tropicana y era famosa en toda Cuba por su talento como cantante de boleros. Su padre, Roberto Fonseca Senior, era músico, baterista y ya tenía dos hijos dedicados a tocar la batería y la percusión respectivamente. El joven Roberto sigue los pasos de sus hermanos mayores, empezando por la batería a los cuatro años – de hecho, su primer concierto profesional es interpretando un cover de los Beattles, pero con apenas ocho años  la llamada del piano no tarda en aparecer. Desde la adolescencia, rompe cualquier esquema establecido componiendo sus propias canciones.

Echando la mirada hacia atrás, uno sólo puede subrayar la magia de un destino cumplido cuando vemos que el prodigio hizo su primera gran aparición a los 15 años en el Festival de Jazz de La Habana, un festival que veintiséis años vuelve a su vida, ahora sí llevando las riendas como primer Director Artístico, sucesor del mismísimo Chucho Valdés. Remarcable de nuevo, es el lanzamiento del disco “ABUC” ese mismo año, con un título que ya anuncia sus matices (léase CUBA al revés). Es una metáfora de su propio destino ya que es el álbum de una retrospectiva, donde el pasado incluye magistralmente el futuro, reinvirtiendo la herencia de la música cubana con un repertorio completo digno de la musicología, un desafío lanzado a todos los clichés de una forma singular, audaz y contemporánea. La cadena de radio Francesa FIP define ABUC como: “Un cuento de baile donde el jazz, la contradanza, el mambo, el cha-cha-cha, el bolero, el hip hop, el electro, el groove de un delirante Hammond e intensos secciones de vientos se mezclan con la alegría. Con el espíritu de la descarga, estas jams dedicadas a la música cubana, Fonseca invitó a un extravagante all-star: Daymé Arocena, Carlos Calunga, Trombone Shorty, Eliades Ochoa, Zé Luis Nascimento, Rafael Lay (Orquestra Aragón) y Manuel Guajiro” Mirabal”.

Roberto se disponía a romper las barreras de la música cubana, pero permaneciendo fiel a su herencia e ingresa en el célebre Instituto Superior de Arte para cursar un Máster en Composición. También es una de esas excepciones que pudieron salir de Cuba a muy temprana edad gracias a su talento. De regreso a la isla, tras una gira por Italia, se incorpora a Temperamento, un grupo de jazz progresivo liderado por el saxofonista Javier Zalba.  Una lonjeva colaboración de casi quince años, donde graba el disco “En el comienzo” en 1998; trabajo que obtuvo el premio al Mejor Álbum de Jazz en la ceremonia del “Cubadisco”.

Grabó su primer álbum como solista “Tiene que ver” en 1999 y se unió al Buena Vista Social Club® en 2001, como el joven bromista que no se avergüenza de sus locuras, a veces levantándose de su taburete para improvisar mientras se balancea con todo su cuerpo. Dice que su temperamento volcánico proviene de Xango (o Shango), la divinidad de los rayos, el fuego y la guerra de los Orishas, una figura importante en la santería del Caribe. “Desde pequeño escuché a mi madre decirme que aprenda a calmarme”. Es este fuego el que le hará recorrer el mundo a un ritmo frenético por primera vez, junto a la leyenda Ibrahim Ferrer y la eterna Diva Omara Portuando, dentro del Buena Vista Social Club®. A partir de ese momento, acompañado por el sombrero que le regaló su abuelo, se le prometía una gran carrera. Sus colaboraciones con Herbie Hancock o Wayne Shorter terminan impulsándolo a otra galaxia. El reconocido DJ londinense Gilles Peterson, dueño de varios sellos discográficos en el Reino Unido, le pedirá que arregle y produzca el vanguardista proyecto Havana Cultura en 2010, un doble disco que destaca la nueva generación de música cubana desde reggaetón al hip-hop, el afro-Jazz y más.

Querer repasar la vida de Roberto y entender su recorrido es como querer diseccionar su música y explicar cómo, en sus magistrales improvisaciones, la primera nota ya contiene todas las demás. Roberto se parece mucho a sus composiciones: mirarlas es perderse en una coherencia inagotable, donde cada proyecto adquiere su significado.

Mirando hacia atrás, en sus inicios, nos damos cuenta de que en dos años ya había completado cuatro proyectos, y no cualquier proyecto. En 2000 editó el disco “No Limit, AfroCuban Jazz” grabado en Japón, seguido inmediatamente por el disco “Elengó” en 2001, una mezcla de ritmos afrocubanos, hip-hop y Drum’n’Bass; simultáneamente trabajó en la composición de la banda sonora de la película Black de Pierre Maraval, que dará lugar a la producción del disco “Un montón de cosas” para el grupo de hip hop Obsesión. En una entrevista el pianista confiesa: “Estos dos años fueron muy atareados. Necesitaba expresar toda mi creatividad; no sabía dónde me llevaría todo esto, porque cada idea me llevaba a mil otras”. Cualquiera que sea la nota que dé el “impulso”, entre la infinidad de caminos posibles, es indefectiblemente una obra que será el fruto de ello

Su multivitamínico álbum “YO”, nominado en 2012 a los premios GRAMMY®, reunió a quince músicos de Cuba, África y Estados Unidos. Un trabajo que ya había germinado en la frustración de un niño cubano apasionado por el jazz y el rock, prohibido en sus tiempos por el régimen comunista. Roberto descubrió el género jazz con once años, cuando uno de sus amigos le dio una cinta casete con temas de Keith Jarrett en un lado y Bill Evans en el otro: “Tenías que ser astuto para conseguir las grabaciones. […] Escucharlas me puso todo patas arriba. Estaba descubriendo territorios desconocidos, de una enorme belleza, pero no entendía sus reglas. “Estaba fascinado”, recuerda. La parte africana comienza por la presencia en el corazón del proyecto del multi-instrumentista maliense Baba Sissoko, a quien había conocido siete años antes durante su participación en el disco “Echu Mingua”. África es también como una búsqueda enraizada en el niño bendecido por los Orishas, iniciado en la santería: el disco “YO” dice, “fue el disco más cercano a mí, dejé mucho espacio para la música africana en él. La influencia de África es más fuerte que la influencia del jazz en mi música. Comparto la Cuba de hoy “.

Para Roberto Fonseca, la música es inseparable de su experiencia mística. Si Xango prende fuego, también es el “hijo de las dos aguas” de Yemayá, divinidad del mar, y de Oshun, madre de las aguas dulces. Por tanto, es significativo que el último trabajo se llame “Yesun”, una contracción entre Yemayá y Oshun. La música de Roberto Fonseca es entonces fluida y voluble, dejando más espacio para respirar, “ágil y delicada a veces, más contundente y muscular en otras”, cuando Xango sale a la superficie.

Cómo no ver en “7 Rayos” (2012) una fusión de sonidos cubanos y música clásica, instrumentos de África Occidental, música electrónica y poesía rítmica declamada en slam, la coronación de los sueños de un adolescente dividido entre la autoridad de un padre, a través de interminables horas de clases de piano en el Conservatorio de La Habana, que eran imparables; y la sed de abrirse a cosas nuevas, de romper fronteras o simplemente de disfrutar de lo que pasaba a la vuelta de la esquina, allí, en las calles del modesto Barrio Obrero de los suburbios del sureste de La Habana “Estábamos exclusivamente interesados en la música clásica, y sus grandes compositores, fue sólo después que se nos permitió interesarnos por otros géneros. Cuando terminaba mis clases, mi papá no me dejaba ir a jugar al fútbol con mis amigos, así que tuve que ser discreto “. Con la complicidad de su madre, a la que rinde homenaje en el álbum solista de jazz-roots Zamazu (2007), una madre que vigilaba el regreso de su padre desde la ventana de la cocina, el joven ya rompía las reglas: “Has estado tocando el piano toda la tarde? preguntó mi padre. – Sí, papá. – ¿Pero ¿cómo es que estás empapado? – ¡Es la música la que me hace eso, papá!”. Décadas más tarde, dijo que escribir el tema “7 Rayos” fue un punto de inflexión en su vida: “Casi tenía miedo de hacer algo tan loco. Pero mezclé todos esos elementos, creando un puente entre ellos y me encantó el resultado. Fue el inicio de una nueva era para Roberto Fonseca”.

El famoso título “Motown” está marcado por ese sonido vintage, con el swing de un alma americana de los sesenta que se interfiere entre las percusiones y en la conocida atmósfera de la descarga cubana; sigue sin embargo el consejo de los sabios, en particular del Buena Vista Social Club®, recordándole que nunca olvide de dónde viene, incluso si eso significa ser aún más audaz. Para Fonseca, rendir homenaje a sus orígenes, a sus antepasados, no es un simple acto de “guardián de museo”; hay que saber ir siempre más lejos en el descubrimiento de un pasado rico en infinitas posibilidades. Así reunió su instrumento favorito con una kora, un n’goni maliense, un órgano Hammond, con tambores caribeños y percusiones senegalesas, con slam pero también con muy hermosas voces africanas. Entre estas voces, una mujer, Fatoumata Diawara, un símbolo, una confluencia, y a través de ella un regreso insospechado a las raíces, más allá de los Yoruba, Benin y Nigeria, de África en toda su riqueza musical y espiritual, de las armonías del Mandingo a los ritmos Gnawa.: como se evidencia en su álbum en vivo “At Home”, lanzado en 2015, producido en el festival Jazz in Marciac. Seis años antes, grabó el disco “Akokan” junto a la sublime caboverdiana Mayra Andrade y el guitarrista estadounidense Raul Midón. Y en 2019, suma la participación de la estrella emergente del rap cubano, Danay Suárez, en su último disco “Yesun”. Además de contar con el talento de compatriotas, reúne prestigiosos invitados como el saxofonista ganador del GRAMMY® Joe Lovano y el trompetista franco-libanés Ibrahim Maalouf.

Roberto Fonseca no ha olvidado de dónde viene y aún vive en Cuba. Hizo de La Habana su laboratorio. Cuando no está colaborando con algún proyecto o de gira, es habitual verle dos veces por semana en el Club La Zorra y el Cuervo, acompañado por sus músicos, el baterista Ruly Herrera y su fiel colaborador, el contrabajista Yandy Martínez- Rodríguez. Con la complicidad del público, el trío explora nuevas composiciones plagados por cambios de ritmos relámpago o abriendo espacios para dejarse llevar por donde la música los lleve. Así es como se forjó “Yesun”.

Lo que Roberto tal vez no hubiera imaginado de niño es que su sentido de la estética no se aplicaría solo a la música. Basta mirar, por ejemplo, la portada del disco “YO”: Roberto se quita el sombrero y la camisa, las palmas vueltas hacia el cielo, los dedos hechos de un teclado, marcando la indivisibilidad de su cuerpo y su instrumento favorito, purificando su ego de toda futilidad, una oda a la autenticidad. Una sensibilidad estética no menos revelada en sus videos, con el clip “Aggua” de Joseph Ros, una forma de saludar la magia del agua y un homenaje a sus divinidades protectoras: “Mi música cuenta historias y la diseño con imágenes que siempre buscan volver a la tradición, a la espiritualidad”. En cuanto a su atuendo escénico, la legendaria diseñadora Agnès B firma sus trajes a medida y renueva su sombrero fetiche en cuero Byblos. Su música sonará tanto en desfiles de moda como para campañas publicitarias de alta gama.

Ya en 1990 Fonseca afirmaba: ” Dondequiera que esté la gente, quiero que escuchen mi música y digan: Este es Roberto Fonseca”. Con tan sólo 45 años, Roberto puede presumir de su audacia y no ha terminado de oír resonar su nombre con ya nueve álbumes en solitario en su haber, incluida una nominación a los premios GRAMMY®, más de veinte álbumes en colaboración, todo ello coronado por el título de Chevalier de l’Ordre des Arts et des Lettres recibido por el Ministerio de Cultura Francés en 2019. Roberto Fonseca, nacido para destacar, abre nuevas perspectivas a los jóvenes músicos cubanos, que se inspiran en sus exploraciones más allá de los géneros y de su éxito internacional.